Guardar un libro

Un amigo estupendo me deja Las historias de Jaacob, la primera parte de José y sus hermanos, la tetralogía de Thomas Mann. Me asegura este amigo -con quien tanto hablo sobre cuestiones literarias, porque da gusto escucharle- que el libro me va a entusiasmar (y me imagino que cuando él dice entusiasmo lo hace a propósito, conociendo la etimología divina de esa palabra).

Abro el libro y veo que el ejemplar en cuestión pertenece a la madre de mi amigo, lectora voraz (y, por tanto, observadora sutil). En la portadilla escribió de su puño y letra lo siguiente:

Es más difícil guardar libros que guardar doncellas. Porque las doncellas, cuando son recatadas y honestas, al llevárselas chillan… Pero lo libros no dicen nada.

Empezaré a leer. Ojalá Mann esté a la altura de cuanto dijo la legítima propietaria del libro. Y ojalá que, en mis manos, este ejemplar conserve toda su pureza.

La nostalgia genuina

El artista es muchas cosas, y sobre todo un nostálgico.

Todo artista busca con denuedo la más prístina de las caricias, la que Dios creador le dio el primer día a las cosas todas del mundo. En ese anhelo gasta su vida. Sabe que todo cuanto invente no será más que recreación (o, si se prefiere, recreo), vuelta al principio, rememoración del génesis, de aquel acto de amor inicial (ah, quién fuera testigo) que ya no hay quien iguale.

El artista es siempre un nostálgico del barro primero con el que fue moldeado. Añora una imagen y una semejanza. No quiere el más allá; desea regresar al más acá, a las manos paternales que, amasando carne y alma, crearon al hombre sediento.

El artista no siente más, pues, que la nostalgia de la casa de su padre.

 

Epitafio

De pequeño, en los ratos muertos y en los folios libres uno ensayaba su firma, por si llegaba a ser alguien importante y se daba la ocasión de echar un garabato.

Años después, sin dejar la inquietud ortográfica, a veces uno se entretiene pensando en epitafios. No es nada tétrico ni mortuorio. Es sólo un pasatiempo reflexivo, un juego ameno de la conciencia, otro ejercicio literario perfectamente inútil.

Como epitafio me gustaba el que, según leí hace tiempo, se atribuye a Max Aub. “Hizo lo que pudo”. Tiene un toque simpático y de humildad indiscutible. Lo cierto es que uno hace lo que puede. Y hay que ver las cosas (malas o regulares) que uno hace a diario, y, sobre todo, el bien que uno deja de hacer (ay, la omisión). Nobody is perfect. Nunca sobra recordárselo.

Pero el lunes, en el funeral de la madre de L., cambié de opinión. A la salida, L. resumió, entre lágrimas, la vida plena y feliz de su madre. “Tenía para todos”. Y, además, en este caso era la pura verdad.

El tiempo, un autor

Como cada año por esta fechas, la semana pasada di unas horas de clase en un máster universitario. Los alumnos me parecieron muy jóvenes. Demasiado jóvenes. Si esto sigue así, tendré que hablar con el Decanato. Me temo que se les cuelan alumnos de los primeros cursos. No puede haber tanta diferencia de edad entre ellos y su profesor. Es inasumible… para el profesor.

Unos días más tarde, fui a cortarme el pelo. A la peluquería de siempre, a la de J. (Esto de las iniciales tiene su coña: la peluquería de J., ya jubilado, la ha heredado su empleado, cuyo nombre también empieza por J. Así que, al menos en estas páginas, la peluquería de J. sigue siendo, se mire como se mire, la peluquería de J. Como si, al menos en esto, las letras sirvieran como escudo del tiempo). Caía el pelo al suelo, pero esta vez en dos colores. Al negro se unían algunas briznas de blanco. Me lo dijo J. “Oye, tienes por aquí algunas canas”. Como tardé unos segundos en contestar, el propio J. quiso consolarme: “Nada grave, lo normal”.

Suerte que luego, ya en casa, otra vez vino en mi rescate la poesía. Fueron los versos finales de “Agradecimiento”, de d´Ors, que sonaron en mí como debieron de sonar las trompetas del Séptimo de Caballería a los asediados por los indios:

Yo tuve la fortuna
de poder contar con
alguien que conocía
mucho mejor que yo
el color y el perfume
y el peso y el sabor
de las palabras, alguien
que siempre mejoró
mis versos, que ni una
sola hora dejó
de trabajar en ellos,
por más que miguel d´ors
se fuese, se olvidase,
se obnubilase. Y no
sonó nunca su nombre
en la prensa. En su honor
levanto aquí esta copa
agradecida. Estoy
hablando -una vez más-
del tiempo, un gran autor.

Y -pienso yo, consolándome-, si el tiempo mejora siempre los versos, ¿no va a mejorar también la vida, a poco que nos dejemos?

Amanecer quijotesco

Cosa rara, pero J. se despertó muy pronto. Desayunó él con avidez y, desde muy primera hora -cuando el día ni siquiera había pensado en la posibilidad de amanecer-, estábamos los dos frente a la chimenea, como si en ella buscáramos un contraste a la oscuridad de la noche, y luz además de calor.

Mientras, sentado, J. jugaba con unas piezas y emitía sonidos que ni siquiera aspiraban a ser palabras, abrí el Quijote por el capítulo en el que ayer el sueño me había dejado. Capítulo XVII de la segunda parte, “donde se declara el último punto y extremo a donde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote con la felizmente acabada aventura de los leones” (pág. 616 y siguientes, en la edición de Trapiello que tanto gusto da leer).

Como uno es flojo, amanecer tan pronto me había parecido una hazaña; y como, además, el ánimo es escaso en los primeros compases del día, tendía a la conmiseración y a la autoconsideración (que consiste en considerarse a uno mismo poco menos que un héroe y algo más que un tipo normal).

Y así, más loco que cuerdo, y, como el ingenioso hidalgo de la Mancha, sintiendo la capacidad sobrada para acometer las más variadas venturas y desventuras, di con un pasaje que bien podría convertirse en propósito para la vida y repasarse de vez en cuando:

(…) busque el andante caballero los rincones del mundo, éntrese en los más intrincados laberintos, acometa a cada paso lo imposible, resista en los páramos despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en el invierno la dura inclemencia de los vientos y de los hielos. No le asusten leones, ni le espanten vestiglos, ni atemoricen endriagos, que buscar estos, acometer aquellos y vencerlos a todos con sus principales y verdaderos ejercicios”.

Leí estas palabras y luego me las releí en voz alta. Y, como don Quijote, imbuido en pensamientos diversos sobre la valentía, creí convertirme entonces en el Caballero de los Leones y quise abandonar para siempre la triste figura que encuentro en el espejo. Teman los vestiglos (¡ah, hideputas!) y fuyan por doquier los endriagos.

También J. quiso contribuir a mi particular heroísmo. Y, como Sancho había puesto requesones en la celada de su amo (“un copioso sudor [que] me ciega los ojos”), J. depositó en sus pañales una sustancia que me cegó el olfato y que, desde la razón de mi sinrazón, me devolvió al mundo.

Sinceridad en la calle

Está lloviendo y voy rápido. Además, como estoy pasando por una calle conocidamente turbia, no llevo intención de detenerme. Uno procura no entretenerse con los perros que le ladran en el camino;  y, por una razón parecida, piensa que no debe pararse a examinar a esas chicas que, con un dolor hondo, hacen la calle durante el día y la noche.

Al final de la calle, una vez sobrepasado el edificio del Registro Civil Central -que, por cierto, tiene aspecto de prisión de alta seguridad, como si en la custodia del estado civil le fuera la vida al Estado-, hay un tipo sentado en la acera. Ocupa generosamente el espacio, y me parece que a su lado tiene dispuestas multitud de cosas. Demasiadas. Me paro a mirarle.

A su derecha tiene dos carteles escritos en sendos cartones. El primero dice “Para vino”, y el segundo “Para cerveza”. A su izquierda tiene otros dos carteles. En uno se lee “Para copas”; en el otro, “Para comer”.

Junto a cada cartel hay una pequeña bolsita con monedas, incitando a los viandantes a echar algo, poco, lo que sea. (Es curioso que “la voluntad” sea casi siempre una pequeña cantidad de dinero: ¿tan pobre tenemos el ánimo?).

Sigo mirando.

El individuo en cuestión lleva un gorro, y encima del gorro lleva también un cartel. El tamaño de este quinto cartel es más pequeño, pero se ve, por su colocación -encima de la cabeza y en el centro de la escena, en medio de los otros cuatro-, que contiene las palabras esenciales. Las leo:

“Por lo menos soy sincero”.

Lástima que debajo de ese cartel no haya una bolsita. Me voy con las ganas de premiar el ingenio con un par de billetes.

 

Cfr. Lucas 18, 41

Me despierto y, sin merecerlo -¿alguna vez se merece?-, recibo un regalo.

Es un poema de José Antonio Muñoz Rojas que he leído y releído, y que, para leerlo de nuevo con calma -y, sobre todo, para que tú lo leas-, copio aquí sin más comentario:

SEÑOR que me has perdido las gafas,
por qué no me las encuentras?
Me paso la vida buscándomelas
y tú siempre perdiéndomelas,
me has traído al mundo para esto,
para pasarme la vida buscando unas gafas
que están siempre perdiéndoseme?
Para que aparezca este tonto
que está siempre perdiendo sus gafas,
porque tú eres, Señor, el que me las pierdes
y me haces ir por la vida a trompicones,
y nos das los ojos y nos pierdes las gafas,
y así vamos por el mundo con unas gafas
que nos pierdes y unos ojos que nos das,
dando trompicones, buscando unas gafas
que nos pierdes y unos ojos que no nos sirven.
Y no vemos, Señor, no vemos,
no vemos Señor.

Providencia cubana

Nos contó mi cuñada S. que, en un viaje a Cuba, sintió la necesidad del orden. De quienes dependía todo -que sólo con ironía podrían llamarse la organización– no hacían nada, y el tiempo pasaba sin que nadie estableciera algo parecido a un plan.

S. decidió intervenir, y, con la seriedad de la que sólo son capaces en la familia de mi mujer, le dijo al jefe (es un decir) del grupo que había que fijar ya mismo una hora de salida y un plan para el resto de la jornada.

El jefe del grupo (también otro decir, porque, más que grupo, aquello era ya era una manada), un cubano pacífico, la escuchó durante unos minutos, observando con calma el ir y venir de las manos de S. por el aire.

Cuando, con un gesto más italiano que español, S. dio por terminado su parlamento, el cubano zanjó el asunto con una afirmación ilusionada:

– No se estrese, señorita. Algo sucederá.

Lo difácil

Uno tiende a lo barroco, al cúmulo de adjetivos y adverbios, a la frase enroscada. Parece costumbre ponérselo difícil al lector, llevarle por los meandros de una frase complicada, marearle con la subordinación y el hipérbaton, agotarle a fuerza de aposiciones.

A veces se llega al ensañamiento. Lo he visto en algunos escritores alemanes: son tales los vericuetos de las frases, que su lectura tiene mucho de gymkana. El lector sufrido las acaba, exhausto, con la siguiente impresión: ajá, te he pillado, escritor malvado, he descifrado el enigma, he completado el puzzle de tu sintaxis, esta vez he ganado yo.

Y la verdad es que es uno aspira a lo contrario, a la claridad y a que el lector se deslice por la línea cómodamente, como en casa se va de la cocina a la sala de estar y luego, sin más ceremonias ni esfuerzos, de la sala de estar a la habitación.

Resulta, pues, que uno pretende lo que L. hace años llamó “difácil”. Aplicando su lógica infantil al lenguaje, propuso un día que el antónimo de “fácil” fuera “difácil”, por ser esto lo “di-ferente de lo fácil”.

Vayamos ahora más allá. Tengamos por “difácil” todo aquello que a primera vista parece fácil pero que, una vez que uno se ha puesto con ello, resulta difícil sin remedio. La escritura, por ejemplo. O la composición de música, que tantos trabajos y desvelos trae consigo.

¿Y el amor? Ah, el amor… Eso es lo difácil por antonomasia.