Cfr. Lucas 18, 41

Me despierto y, sin merecerlo -¿alguna vez se merece?-, recibo un regalo.

Es un poema de José Antonio Muñoz Rojas que he leído y releído, y que, para leerlo de nuevo con calma -y, sobre todo, para que tú lo leas-, copio aquí sin más comentario:

SEÑOR que me has perdido las gafas,
por qué no me las encuentras?
Me paso la vida buscándomelas
y tú siempre perdiéndomelas,
me has traído al mundo para esto,
para pasarme la vida buscando unas gafas
que están siempre perdiéndoseme?
Para que aparezca este tonto
que está siempre perdiendo sus gafas,
porque tú eres, Señor, el que me las pierdes
y me haces ir por la vida a trompicones,
y nos das los ojos y nos pierdes las gafas,
y así vamos por el mundo con unas gafas
que nos pierdes y unos ojos que nos das,
dando trompicones, buscando unas gafas
que nos pierdes y unos ojos que no nos sirven.
Y no vemos, Señor, no vemos,
no vemos Señor.

Providencia cubana

Nos contó mi cuñada S. que, en un viaje a Cuba, sintió la necesidad del orden. De quienes dependía todo -que sólo con ironía podrían llamarse la organización– no hacían nada, y el tiempo pasaba sin que nadie estableciera algo parecido a un plan.

S. decidió intervenir, y, con la seriedad de la que sólo son capaces en la familia de mi mujer, le dijo al jefe (es un decir) del grupo que había que fijar ya mismo una hora de salida y un plan para el resto de la jornada.

El jefe del grupo (también otro decir, porque, más que grupo, aquello era ya era una manada), un cubano pacífico, la escuchó durante unos minutos, observando con calma el ir y venir de las manos de S. por el aire.

Cuando, con un gesto más italiano que español, S. dio por terminado su parlamento, el cubano zanjó el asunto con una afirmación ilusionada:

– No se estrese, señorita. Algo sucederá.

Lo difácil

Uno tiende a lo barroco, al cúmulo de adjetivos y adverbios, a la frase enroscada. Parece costumbre ponérselo difícil al lector, llevarle por los meandros de una frase complicada, marearle con la subordinación y el hipérbaton, agotarle a fuerza de aposiciones.

A veces se llega al ensañamiento. Lo he visto en algunos escritores alemanes: son tales los vericuetos de las frases, que su lectura tiene mucho de gymkana. El lector sufrido las acaba, exhausto, con la siguiente impresión: ajá, te he pillado, escritor malvado, he descifrado el enigma, he completado el puzzle de tu sintaxis, esta vez he ganado yo.

Y la verdad es que es uno aspira a lo contrario, a la claridad y a que el lector se deslice por la línea cómodamente, como en casa se va de la cocina a la sala de estar y luego, sin más ceremonias ni esfuerzos, de la sala de estar a la habitación.

Resulta, pues, que uno pretende lo que L. hace años llamó “difácil”. Aplicando su lógica infantil al lenguaje, propuso un día que el antónimo de “fácil” fuera “difácil”, por ser esto lo “di-ferente de lo fácil”.

Vayamos ahora más allá. Tengamos por “difácil” todo aquello que a primera vista parece fácil pero que, una vez que uno se ha puesto con ello, resulta difícil sin remedio. La escritura, por ejemplo. O la composición de música, que tantos trabajos y desvelos trae consigo.

¿Y el amor? Ah, el amor… Eso es lo difácil por antonomasia.

La tercera España

Mientras paseo a primera hora, con el sol apenas esbozado, leo tres pintadas consecutivas en la parte baja de un muro.

La primera dice: “Arriba España”.

La segunda, a modo de respuesta que se pretende original, dice: “Abajo los fachas”. Nada nuevo bajo el sol (ni cara al sol).

La tercera es la que me llama la atención, porque está puesta a renglón seguido de las anteriores, como si fuera la conclusión de dos premisas, y porque quiebra esa inercia histórica que, a Dios gracias, los españoles vamos abandonando.

La tercera pintada dice así: “Más hip-hop en las calles”. Así, tal cual. Quizá sea porque la tercera España tiene, sobre todo, sentido del humor.

Una vida improbable

Un amigo se queja con gracia de que hay dos personas que, si bien no le están haciendo la vida imposible, sí se la están haciendo improbable.

Me parece un título bueno para una biografía (o, mejor aún, para una autobiografía): “Una vida improbable”.

Suena quizá redundante, porque una vida siempre está en el filo de lo que puede existir o no haber sido, siempre se columpia en el “ser o no ser”.

Pero, como en sordina, suena también gracioso. Encierra un sencillo juego de palabras que conjura la maldición de quienes ven imposible lo que sólo es improbable. De quienes, ay, no saben que sólo la aventura es vividera.

Con permiso de Hölderlin, podríamos decir, en fin, que en lo improbable está la salvación.

Carreteras hacia el infinito

Cruzábamos España de Norte a Sur, y nos íbamos fijando en los carteles de la carretera. Eran señales que dirigían a pueblos de nombres sugerentes, por raros, porque prometían lo bello o porque sin más hacían gracia. Manganeses de la Lampreana, Peleas de Abajo, Martínamor, Casas de don Antonio, Rincón de Ballesteros. Uno los leía y se quedaba pensativo: ¿habría otros manganeses aparte de los de la Lampreana? Pese al sustantivo, ¿Peleas sería un pueblo de paz? Ah, y Martínamor, aldea en la que quizá irrumpiesen, en mitad del páramo, hermosas historias de zagalas en flor con jóvenes nobles de mirada cristalina (o al menos no enturbiada por los hábitos urbanos). Y ese tal don Antonio, hombre sin duda próspero que, puesto a tener hogar, acabó teniendo casas diversas y, como reconocimiento público, una señal en mitad de la carretera que indicaba la ubicación de sus posesiones. Y un pueblo llamado Rincón que se hallaba bien protegido, con arcos y ballestas saliendo de las almenas del castillo.

Estábamos con esto cuando G. vino a regalarme una ocurrencia:

– Nada, no te los creas. Esos carteles son inventados, pura poesía. Los cambia el Ministerio de Fomento cada dos meses. Esos pueblos no existen. Son sólo nombres para solaz de los conductores y de sus copilotos aburridos.

Como sonreí ante la posibilidad de que eso fuera así -y de que, por tanto, la inutilidad estuviera infiltrada en un Ministerio tan lleno de ingenieros-, ella apuró la ocurrencia:

– Verás: a la vuelta habrá señales nuevas. Y leeremos cosas así: en Mérida, Frutos de Brisa; en Cáceres, Campos Sinfín; y, en Salamanca, Yelmos del Amor Perpetuo.

Pensé entonces que, con cierta urgencia, el Ministerio debería volver a su nombre clásico. Porque no hay mejor obra pública que la de construir carreteras que llevan al infinito.

Las Humanidades, ese salto

Hace un par de años, movido por un impulso repentino, en una librería de la zona antigua me compré El latín ha muerto, ¡viva el latín!, de Wilfred Stroh. El impulso estaba hecho de mucha nostalgia -quizá porque uno jamás abandona los tiempos del Cicerone consule y de los célebres usos del cum- y de un ansia pequeñita de letras verdaderas. Por eso tal vez el impulso se diluyó enseguida, y en unos días el libro pasó a ocupar un discreto lugar en la estantería.

Allí estuvo, recluido en la estantería, estuvo ese libro hasta hace una semana, que me dio por rescatar el deseo por conocer los clásicos y el de cavilar por mi cuenta sobre las humanidades.

En ese libro, que no deja de ser una breve historia del latín -desde los etruscos hasta el tiempo presente-, se dejan caer explicaciones claras acerca de cuestiones que, por su propia naturaleza, pueden parecer difusas (y que, por tanto, a muchos resultarán inútiles). En concreto, me parece que se desvela en parte en qué consiste eso que llamamos humanidades (o, si se prefiere, Humanidades).

La etimología ayuda. Y resulta que todo viene de la humanitas. De este concepto se apropió Cicerón en sus primeros discursos, para referirse con esta palabra a la compasión por nuestros semejantes. Explica Stroh que:

Dado que la formación intelectual y, sobre todo, lingüística hacía más comunicativo, y, por tanto, más compasivo al hombre, Cicerón empezó a designar esa formación con el nombre de humanitas.

Considero que ese nexo invisible es un gran hallazgo. La lengua nos hace más comunicativos y, en consecuencia, gracias a ella se incrementa nuestra capacidad de comprender a los demás. Luego sólo hay que saltar de la comprensión a la compasión. Y ese salto es el que dan las Humanidades, que acabarían siendo, pues, algo así como un brinco virtuoso desde el lenguaje de uno hasta el corazón de los demás. Casi nada.

Sine línea

Pasa a veces. Lo urgente devora a lo importante, la prisa ocupa los espacios y el día se pasa en una trepidación constante de algunas cosas hechas, bastantes cosas por hacer y muchas cosas que, ay, jamás se harán (o que, desde luego, ya no será uno quien las haga). Me gusta entonces pensar en algo que le escuché hace poco a Julián Marías (a quien, por un motivo o por otro, acabo volviendo): hay que confiar en el día siguiente. Es, en definitiva, lo que recomienda el Evangelio: a cada día le basta su afán.

Entre los afanes incumplidos de hoy están también las letras. En todo el día no he podido echarme al gaznate ningún texto que mereciera la pena. No computa, a estos efectos, la prosa árida del Boletín Oficial del Estado; y tampoco sirven para nada los párrafos que al menos no hayan pretendido alzar el vuelo.

Así que, al final de la jornada, me digo que, sin algo de poesía (no digo versos, sino poesía), la vida se hace sosa. Y que tienen algo triste (y, paradójicamente, algo literario) estos días que uno gasta sine línea.

Cosas gratis

Lo tengo muy comprobado: es imposible pasar un día en G. sin verse envuelto en algo simpático. Aquí se suceden constantemente los hechos mínimos y rebosantes de buen humor. O de coña marinera, acaso por la cercanía del mar.

A veces las comprobaciones de ese hecho llegan por partida doble y en un mismo día. Son jornadas en las que, dicho con palabras grandes, me pasmo ante la sabiduría del Supremo Hacedor, o en las que, dicho con mis palabras, le doy gracias a Dios por esas minucias. Todo eso, que alguien desatento jamás percibe, conforma lo que mi abuela C. llamaba la sinfonía de la vida. Uno, que es más pedestre y menos fino, lo llama cosas gratis.

Fuimos con J. al pediatra, a una revisión. La enfermera miraba con mimo al recién nacido. “Esto es lo mejor que hay”, decía. Y miraba al niño, y volvía a mirarlo. De la contemplación de J. pasó a la de sus padres. Y entonces, ya metidos en harina, los halagos no fueron menores.

– Es el primero, ¿no? – nos preguntó retóricamente, porque se esperaba una respuesta afirmativa.

Le explicamos que J. es, en efecto, el primero, pero que antes nacieron los cuatro estorninos que J. tiene por hermanas. La enfermera se sorprendió gratamente y nos dijo que merecíamos una medalla; que, si de ella dependiera, nos daría una gran medalla (en esto de la consideración insistió mucho), y que se nos veía con el embeleso propio de quienes acaban de ser padres por vez primera. Lo dijo así: embeleso. Sonó como a cuento. A sinfonía también.

Luego se nos hizo tarde y la panadería había cerrado ya. Entré en la gasolinera que hay cerca de casa, por ver si allí aún les quedaba alguna barra. Y había una, que divisé viuda en el cesto donde suelen colocarlas. Tenía delante de mí a un paisano que estaba pagando el combustible que había repostado, pero, como mi comanda era sencilla, le dije al gasolinero:

– Déme, por favor, esa barra que les queda. Salvo que este señor que tengo delante la quiera para él, claro.

El paisano en cuestión, un tipo de cara sonrosada que iba ataviado con un mono azul de Goodyear, se dio la vuelta y me dijo con facundia:

– No, fiu, no: yo el pan solo lo quiero si tien´ chorizu dentro.

Así que me llevé la barra de pan envuelta en una frase agradable. Y gratis, que eso es lo mejor.